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Corcho flotante para luchar contra el cambio climático

Ana Rengifo es una bióloga con un claro propósito: mejorar la biodiversidad de las dehesas extremeñas. Para abordarlo, suscribe el concepto denominado ‘Una salud’. Se trata de un enfoque de la OMS en el que leyes, programas e investigaciones de múltiples sectores se unen para lograr mejores resultados en la salud pública. «Si potenciamos la biodiversidad, mejorará mucho la salud de todo el ecosistema», asevera. Por eso se unió a César Martín y Enrique Vega para desarrollar un conjunto de islas de corcho para agua embalsada. En ellas se introducen plantas acuáticas que cumplen diversas funciones: fitodepuración, decoración, sumidero de CO2, refugio de fauna, mejora de la biodiversidad, y la posibilidad de alimentar al ganado con forraje en pleno verano, entre algunas otras.

Se trata de un entramado metálico en el que se introducen trozos irregulares de corcho troquelado. Deben ser desiguales puesto que algunas plantas, como las typha, que se reproducen de cinco a ocho veces en su ciclo vegetativo, desarrollan una masa de raíces o rizoma, que necesita la luz para volver a brotar. Si la estructura estuviera compuesta por una plancha continua, la typha no podría reproducirse. En cada módulo, de 1,40 metros de largo por 1,25 de ancho, van colocadas entre 100 y 110 plantas. A partir de dos módulos ya se considera una isla. También han desarrollado una balsa triangular, orientada a realizar círculos y otras formas más estéticas. Los módulos se unen entre sí con un simple mosquetón, pudiendo conformarse una isla con la forma que se desee: letras, líneas, cuadrados, etcétera. El único requisito para la correcta funcionalidad de este humedal artificial es que la charca tenga como mínimo 20 centímetros de profundidad.

Las islas van fijadas al suelo con un lastre de cinco kilos, unido a la estructura flotante por un cable metálico, recubierto con las piezas sobrantes tras la troquelación: cilindros de corcho que posibilitan que el cable flote y no se rompa o se líe con la variación del caudal. «Tras dos años de pruebas, hemos dado con una plataforma que cumple todos nuestros objetivos: flota; aguanta bastante peso; se integra bien en el ecosistema, pues el corcho es un material autóctono; es impermeable; no se degrada, y por lo tanto, no necesita mantenimiento», manifiesta Rengifo, para quien resultaba muy importante idear un producto exento de plásticos.

Rengifo es copropietaria de una finca en Monfragüe perteneciente al proyecto europeo LIFE Montado-Adapt, que persigue la adaptación de las dehesas de Portugal y España –concretamente de Extremadura y Andalucía– para combatir los efectos del cambio climático. En un principio, hace ya dos años, colocó plantas acuáticas en la ribera de una laguna, pero en verano bajó el caudal y se secaron. Este fracaso le hizo seguir dándole vueltas a la cabeza y entre ella, que además es productora de corcho; César Martín, que tuvo la visión comercial, y Enrique Vega, que ha perfeccionado la técnica, han desarrollado lo que hoy son las islas de corcho definitivas.

«En una primera fase todo era muy orgánico, usábamos bornizo sin cocer y lo atábamos con cuerdas de cáñamo y pita, pero no funcionaba. La fauna de la dehesa (patos, garzas, cormoranes, cangrejos, nutrias…) destrozaba la estructura o se comía la cuerda», explica Vega. Así que se animaron a incorporar otros componentes más resistentes. «Decidimos que si queríamos vender algo tenía ser duradero, porque la gente no puede perder el tiempo con el mantenimiento. Así que decidimos renunciar a que todo fuera reciclable y dotarlo de una estructura metálica. Eso sí, mantuvimos el compromiso de usar cero plástico», aclara.

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